Historia y patrimonio
Durante más de tres siglos, El Recuenco fue uno de los grandes centros vidrieros de Castilla. Sus hornos abastecieron al Monasterio de El Escorial, a la Casa Real y a media España.
La fabricación del vidrio es uno de los elementos del pasado que con más orgullo llevan los vecinos y los hijos del pueblo. Durante los siglos XVI al XIX, El Recuenco fue un centro industrial de primer orden, cuya producción llegó a alcanzar los 30.000 docenas de piezas anuales, distribuidas por Castilla, Extremadura, Portugal, Galicia y Andalucía.
La propia identidad del pueblo lleva la huella viva de esta tradición: a sus vecinos se les llama "sopleros" por la técnica del soplado del vidrio, y el apellido "Redomero" —quien hacía redomas— aparece documentado en el pueblo desde el siglo XV y se ha conservado hasta hoy.
El estudio más completo sobre esta industria fue publicado en 1997 por la investigadora María José Sánchez Moreno en los Cuadernos de Etnología de Guadalajara, y es la fuente principal de cuanto aquí se resume.
Los primeros documentos sobre hornos de vidrio en El Recuenco datan de 1553, aunque todo indica que la actividad comenzó antes. El momento clave llegó cuando los hornos del pueblo fueron contratados para fabricar más de 10.000 cuadros de vidrio para las ventanas del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, junto con centenares de alambiques y redomas para su botica. Durante doce años ininterrumpidos los hornos trabajaron para Felipe II. El maestro veneciano Guillermo Carrara y su hijo Francisco dirigieron la operación, trayendo técnicas del vidrio soplado al estilo veneciano.
En 1679 llegó a la zona el maestro flamenco Deudonne Lambotte, hijo de un vidriero de Namur (Flandes), quien instaló sus hornos en El Recuenco, Arbeteta y Alcantud. Trajo de Flandes a su familia y a veinticinco oficiales especializados. A su muerte en 1683, sin revelar su fórmula secreta del vidrio "cristalino", le sucedió el italiano Giaccomo Bertoletti. Esta época supuso la introducción de nuevas técnicas que mejoraron la calidad de las pastas.
El siglo XVIII fue la época de mayor esplendor. En 1722 llegaron a funcionar cuatro fábricas simultáneamente. El fabricante Diego Dorado recibió el encargo de proveer a la Casa Real y a la Real Farmacia con vasos, matraces, morteros y frascos para el acarreo del agua de Su Majestad. La fama de los vidrios de El Recuenco se extendió por toda la Corte. En 1740, Felipe V concedió al pueblo la facultad de tener en Madrid una lonja para vender el vidrio al por mayor.
A mediados del siglo XIX la industria vidriera se extinguió definitivamente. Las fábricas desaparecieron y en su lugar se levantaron casas. Apenas quedaron restos: algunos crisoles, fragmentos de vidrio de colores entre las cenizas de los hornos, una piedra de moler en el patio de la última fábrica, y el recuerdo en los apellidos y apodos del pueblo.
El Recuenco reunía las condiciones ideales: abundantes bosques de pinos para combustible, yacimientos de arena en El Hoyo y Alto la Manta, y tierra rica en arcilla, sosa y potasa. La barrilla —componente esencial— se importaba de La Mancha y Murcia. Cada horno consumía 30 cargas de leña en 24 horas y necesitaba 600 quintales de barrilla al año.
El horno o "capilla" era abovedado o circular, con tres bocas ("piqueras"). Alrededor de un hogar central —el "culerón"— se disponían seis crisoles. Los propios operarios fabricaban los crisoles como alfareros, con técnica de rollos de arcilla, y se reponían periódicamente. El horno tenía dos plantas: la del fundido y la del temple.
El vidriero tomaba del crisol una porción de vidrio fundido con una caña de hierro de 120-180 cm, y trabajaba soplando y moldeando alternativamente mientras giraba la caña sobre el sillón —el "banco del vidriero"—. Con pinzas adelgazaba el cuello, con tijeras cortaba los extremos, y con moldes de bronce creaba formas como la gran copa de pie.
El vidrio de El Recuenco era incoloro, limpio y transparente. De color verde azulado oscuro que se aclaraba soplando hasta conseguir extremada finura y ligereza. Las piezas se estiraban y pellizcaban por los bordes dándoles forma octogonal. Algunas seguían el "estilo veneciano". Los colores van del ámbar al blanco translúcido, verdes azulados y color vino tinto.
Los arrieros del vidrio recorrían la geografía española durante meses cargando botellas, garrafas, picheles, frascas y saleros en grandes cestos a lomos de caballerías, llegando hasta los puertos y cruzando la frontera con Portugal.
Madrid
1.000 cargas/año
Portugal
Venta regular
Galicia
Venta regular
La Casa Real
Proveedor oficial
Piezas procedentes de El Recuenco se conservan en museos y colecciones de todo el mundo, muchas aún sin clasificar. La investigadora María José Sánchez Moreno localizó diecisiete piezas identificadas, además de otras probables en farmacias reales y colecciones privadas.
La industria del vidrio en El Recuenco
Historia de una tradición artesanal de tres siglos
Quieres saber más
La Asociación Cultural Amigos de El Recuenco ha publicado en su web el trabajo íntegro de María José Sánchez Moreno, incluyendo documentos de archivo, fotografías de piezas y fuentes originales.
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